La poética del frío

Hay algo de sublime y a la vez azaroso en los pequeños actos: aunarse en un sueño, compartir un viaje, intentar subir una montaña. Sin querer la volandera decisión de aceptar una humilde invitación a un reto que puede parecer chico, se convierte en una ilusión compartida, que va creciendo con el contacto, el empuje, los deseos de quienes amamos el sentimiento de las alturas. Y el objetivo por momentos pasa a ser lo de menos, importa más soñarlo, irlo preparando en los ratos escasos que nos deja la vida diaria, conocer a los compañeros de viaje, imaginarlo. Es el camino el que marca y enseña, la meta solo es un delicioso postre.

Gran Paradiso es un 4.000 fácil, tan fácil que subirlo en verano supone un esfuerzo largo y continuado esquivando el quebrado glaciar y encordándose para tocar la madona de la cumbre. Superar más de 1300 metros desde el refugio en procesión tranquila y larga hasta la cima. Y con la recompensa en el camino, notar como las montañas, los valles glaciares, las cornisas entre laderas, van quedando abajo, como el horizonte se expande y permite una de las visiones más amplias, panorámicas y nítidas de los Alpes. Porque el Gran Paradiso es un pico dísloco, separado de la gran cordillera alpina, autónomo, bello en su soledad frente al abigarramiento de los otros grandes y sus cohortes, unido por un largo y bajo cordón al resto de las montañas. Dicen los guías alpinos que es el pico más bello, el más escénico, el de mejores valles y glaciares más amables… todo eso en verano.

Intentarlo en invierno es otra aventura, un viaje iniciático para todos los que nos embarcamos, curiosos de conocer que significa una invernal “seria”, de altas cotas y acercamientos pausados. Aprender a preparar material, ropaje, vituallas, y compañía… Y así nos acercamos, entre ilusionados y expectantes, íntimamente cautelosos al pico, el séptimo de los Alpes, 4061 metros oficialmente sencillos en verano, con una prominencia de casi 1900, muestra de su aislamiento de vieja montaña casi solitaria.

La subida al refugio Vittorio Enmanuelle II es larga y trabajosa, el sol de la tarde engaña y el frío va cayendo lentamente mientras buscamos el camino sobre una superficie de nieve dura, compacta, a ratos helada. Y aquello que en verano no deja de ser un paseo de 2 horas en un zigzag primero entre bosques y luego bordeando pequeñas lagunas glaciares por una senda muy bien trazada, se convierte en invierno en más de 3 horas intuyendo la huella de un camino inexistente… Con la ropa, la comida, la mochila, el equipo encima, los últimos metros ya a la vista el edificio del refugio, se hacen especialmente pesarosos. Al final llegamos a la parte invernal del edificio tras poco más de 5 kilómetros en pendiente continua y casi 900 metros de desnivel sobre Pont, el fondo del valle donde abandonamos la vida cómoda. Y traspasado el pasillo a la puerta del refugio donde la nieve se apila hasta casi alcanzar un metro, la maravillosa sorpresa de una pequeña habitación con literas, una mesa, una estufa de leña (leña incluida) y una ventana con una de las mejores vistas que la montaña puede ofrecer: un glaciar y al fondo una cordillera blanca donde el sol amanecerá mañana. Queda mucho que hacer: encender el fuego, cocinar; y empezar con la dieta sempiterna de toda ruta: sopas de sobre (la versión italiana: lentejas y pasta), fiambre, pan… poco más, aparte de una botella de vino hábilmente elevada desde las profundidades del valle. Toca dormir pronto, apenas las 9 y a la cama tras el tradicional juego de cartas que algunos seguimos medio dormidos ya, la luz del día se había apagado a las 6. Calientes y nerviosos, saco de dormir e intentar descansar hasta mañana a las cuatro.

Algunos desde las tres de la madrugada andamos dando vueltas ya en el saco. Ha nevado durante la noche y sopla un viento racheado que deja la temperatura entre -15 y -20, con una sensación térmica menor. Tras un desayuno escaso, aún medio dormidos, empezamos la subida en la noche. Conforme enfocamos la primera pala una dura realidad se impone y nos obliga a adaptarnos: nieve virgen en polvo que a veces supera el medio metro de espesor, una huella que hay que abrir muy trabajosamente, una sensación térmica gélida y un viento a ratos mucho más que molesto. Mezcla rara de sensaciones: la ilusión de intentarlo, un cansancio que se va revelando en cada paso, la resistencia de la montaña a ser conquistada, y sobre todo la ilusión de poder, de querer intentarlo, de estar allí, de estar viviéndolo. Es algo tan pleno que no puede expresarse, solo sentirse, como se siente el frío terriblemente doliente en dedos, manos y pies, o se siente el espíritu de la montaña riéndose por lo bajo entre bocanada de viento, remolino de nieve volandera y pendientes sencillas que parece que nunca se van a poder superar. Amanece y el frío no amaina, ni el viento, ni la nieve, suelta y virgen. Poco a poco, según las fuerzas nos fallan, vamos distanciándonos, retirándonos cuando no podemos más, cuando reconocemos que la montaña manda e impone sus límites, sus fuerzas, frente a nosotros. Cuatro horas después, poco más de 3 kilómetros montaña arriba, 700 metros más en lo alto, llegamos a la cornisa que marca la cota 3500. Mucho tiempo y esfuerzo empleado, demasiado para intentar llegar a la cumbre y volver. Nos quedamos extasiados viendo al fondo el valle, los picos menores del Ciaforon y la Tresenta, el dedo secundario del Gran Paradiso asomando arriba, demasiado arriba. Y el sol nos inunda entonces… pero no el calor. Arrecia el viento, toca volver, una bajada rápida, disfrutona, no tanto por el frío sino por saber que no hay derrota más dulce que la que ofrece una montaña que te acoge y te devuelve ladera abajo, suave pero firme, en cierto modo comprensiva y a la vez estricta. Ya de nuevo en el refugio, al amor de la leña y del sol a través de la ventana, reponemos fuerzas, abrimos el vino y brindamos, por la montaña.

La tarde no es perezosa, sigue haciendo un frío inmisericorde pero al abrigo del viento jugamos, aprendemos, disfrutamos buscando enterrados imaginarios por avalanchas virtuales. El ARVA y sus milagros, es tan gratificante aprender siempre, y la montaña también nos da eso. Y de vuelta al refugio y a la oscuridad del día que acaba, inesperadamente el cielo se muestra límpido, pletórico de estrellas, de Vía Láctea, de planetas tintileantes en el horizonte…

Tras una noche fría de nuevo, quizás más que la anterior, Gran Paradiso nos regala una nueva visión a través de la ventana del refugio: un cielo que vira de negro a gris, y luego a azul pálido para de repente ofrecer un rosa esplendoroso, y un oro refulgente que antecede a la salida del sol sobre la línea de la cordillera. Avasalladora paleta de colores.

La bajada, aunque más corta en tiempo es casi tan complicada como la subida. Ni rastro de huella, borrada por la nieve y el viento, a veces al borde del precipicio buscando el zigzageo oculto, intuyendo las trazas bajo la burlona mirada de los bucardos que nos acompañan a ratos. Y al final el valle, la vuelta a la civilización, a un café caliente, a una cerveza, o más, gorgojeantes, a la conversación nerviosa sobre el intento, la oposición de la montaña, el deseo inalcanzado, pero sobre todo el disfrute del recorrido, del camino, de la ruta.

Y aún un pequeño remate final, una tarde sorprendente por lo inesperado, por lo espontáneo del plan urdido sobre la marcha: buscar una cascada de hielo, aprender a poner tornillos de hielo y a crear una línea de subida, aprender (es un decir) a clavar crampones y piolets, a adoptar la postura de una araña e ir subiendo pegados, con más miedo, emoción y nervios que vergüenza, a una pared que también esta vez juega con nosotros, nos deja acariciarla un poco, subirla apenas unos metros, y luego divertida escupirnos al suelo. Solo los expertos superan la cascada, y la mayoría de nosotros no lo somos, pero tampoco importa, nos sentimos como niños ávidos de curiosidad ante lo nuevo, con la capacidad de sorpresa aún virgen frente al coloso de hielo.

El viaje nos ha dado esto, esto y mucho más: unos largos desayunos en un hotel donde la ducha de agua caliente es el mejor regalo que podemos recibir, un restaurante local de inmensas milanesas y maravillosa pasta y pizzas, una ciudad, Aosta, calco de un campamento de legión romana en cuyas esquinas manzanas cerradas de abigarradas casas y patios discretos esconden pasajes preciosos llenos de intimidad… Y sobre todo el compartir, el disfrutar de haberlo intentado juntos, y disfrutar de no haber llegado. Disfrutar en suma…

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